Natividad.
1.
Cómo le gustaba a la pobre anciana la primavera. A sus cuarenta y cinco años afrontaba esos días con la experiencia que le proporcionaba una vida plena que, a la vez, le había apergaminado el cuerpo y alisado el espíritu. O al menos es lo que recordaba ahora, nueve meses después. El calor del sol se transformaba en frío lunar, en nieve y ventisca invernal.
Se encontraba sobre su lecho con dolores de parto. El dolor le traspasaba el alma. Imaginando al bebé que iba a traer al mundo, sufría por adelantado lo que más tarde le tocaría padecer. Dolor por el desprecio al que su hijo se expondría. Dolor por el dolor que su hijo sufriría. Dolor por lo perdido que ya no recuperaría.
Y sin embargo ahí estaba, cúmplase en mí según tu palabra, dando a luz contra-natura en un momento ya de infertilidad. Ni concurso ni discurso tuvo en el hecho su amante esposo, cuyo nombre es irrelevante, ni notó ella nada físicamente extraño, pues ya se le había retirado el periodo. Simplemente, creció en su seno. Y aunque pensó muchas veces en impedirlo, una mala caída la tiene cualquiera, supo que era inevitable. Quién era ella para luchar contra el designio. Quién su sumiso marido, que no tuvo más que acatar y callar.
2.
Se turbó de madrugada. Un frío sudor le corría por la espalda, y eso que el buen tiempo se aproximaba a pasos agigantados, si no estaba ya aquí. Temblaba, sin conocer las razones. Éstas no tardarían en ser dadas.
Alguien cruzó por delante del orificio de la pared que les servía como ventana del cuarto. Una sombra, una figura extraña pero a la vez familiar. Un mensajero de malas nuevas. Quién anda por ahí a estas horas, Un servidor de usted y del Señor, Un servidor de esta sierva no se pasea de madrugada asustándola, Un servidor del Señor cumple las órdenes cuando éstas le son dadas y no atiende a horarios, Los horarios del Señor son inexcrutables, Sí señora. La sombra se cubría bajo un manto negruzco, apagado, ruín. Sólo asomaba de forma ligera los ojos, de un color miel oscuro, y las manos, alargadas, límpidas, impropias del atuendo. Vengo a contarle algo importante, No lo hará desde la calle, pase al menos al patio, Se lo agradezco, vengo de lejos y me sería muy agradable sentarme un poco, No se preocupe, le traeré algo de beber. La tavesía desde Nazaret había sido dura.
Apareció la señora cinco minutos más tarde, ni cuatro ni seis, portando sendos cuencos de leche y varias tortas de maíz. La hospitalidad de esta casa siempre ha sido objeto de fama, pensó para sí, y no se debe a palabrería vana, se añadió. Señora, agradezco su buen hacer, cuyo reconocimiento público sin duda no es debido a palabrerías ni publicidades, pero me temo que soy portador de malas nuevas, Si vienen del Señor nunca serán malas, Tiene usted razón, debí decir dolorosas nuevas. Estamos en las mismas, señor, Lo sé, pero tengo claro que le dolerá lo que le tengo que decir, Dígalo sin más, que el señor da y el Señor quita, alabado sea el Señor, El Señor le va a dar, el Señor le va a quitar, Lo comido por lo servido, no hay dolor a la vista, Se trata de un hijo, señora.
Se trata de un hijo, se repitió de nuevo la señora, siempre para sí, como si un enviado del Señor no pudiera leerle las repeticiones sin voz en las páginas de su mente, Sí, de su hijo, del hijo que nacerá, Pero si ni mujer soy ya, Pero el Señor sigue siendo el Señor, y usted, señora, concebirá a un hijo, y este hijo será causa de sufrimiento para él mismo, para usted y para todos, No sé dónde leí algo similar y se trataba de alguien muy esperado, No se equivoque, que esa misión ya está cumplida, de ahí venía, Entonces, Entonces, qué, Entonces qué misión es la asignada a mi hijo, qué destino me partirá el alma en dos, qué vilipendios sufrirá el pobre inocente, qué memoria dejará tras de sí, Su hijo será el traidor.
3.
Durante este tiempo no habían aparecido más visitas extrañas. Ningún otro caminante. Ninguna señal de arriba, ni de abajo. Ningún consuelo, ningún consejo. Sólo sus palabras: "Su hijo será el traidor". El traidor. Traidor. El Señor había dispuesto sus fichas: una, en Nazaret, donde la otra misión había sido encargada; la otra, en un lugar cuyo nombre no es importante, en el cual nos encontramos, con una señora que poco a poco se iba consumiendo en el dolor, la pena, la rabia y, por encima de todo la impotencia. No había forma de negarse.
Ahora, ya con los dolores propios, no sirve de nada mirar atras, se decía, porque lo hecho hecho está, y las decisiones casi nunca dependen de nosotros. Sólo una cosa le habían dejado decidir. Sólo una iba a ser de su entera voluntad. A pesar de que el contrario jugaba con ventaja (era el Señor), la habían dejado creer que al menos tendría potestad para elegir una cosa. Ella, y sólo ella, sería la encargada de elegir el nombre de su hijo. El Señor da, el Señor quita, le había dicho ella al enviado, y el enviado le había contestado a ella. Pero ella había añadido algo más: alabado sea el Señor.
Lo llamó Judas1. Nadie vino a visitarla. Ningún resplandor celestial anunció su llegada. No obtuvo presente alguno.
1Judas, en hebreo, significa "Alabanza a dios".
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Por judas - 21 de Diciembre, 2005, 19:52, Categoría: Unsacred stories
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